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Periodismo Cultural

Selva y teclas



Por Ismael Almeida.     
Valdivia, 11 de febrero de 2026 La tarde del 10 de febrero, el Teatro Regional Cervantes se transformó en un ecosistema vivo. El pianista y compositor chileno Alejandro Arévalo Berríos presentó su obra Bosque Sonoro Oncol, una propuesta en la que interpretación y composición se funden en una experiencia inmersiva inspirada en el paisaje y la biodiversidad del sur de Chile.



Un viaje por ocho ecosistemas

El programa fue concebido como un recorrido físico y emocional por la geografía del Parque Oncol a través de ocho piezas originales: “El Renoval del Canelo”, “El Terremoto y el Canelo”, “El Avellano”, “La Fragilidad del Canelo”, “El Gran Mañío”, “La Columna de Mármol”, “El Estero Mágico” y “Las Ranitas y sus Trajes”.

Más que simples composiciones, estas obras funcionan como crónicas sonoras de carácter dramático, cargadas de una poética que dialoga con la memoria del bosque y su condición de territorio endémico. En ellas, Arévalo explora la dualidad del entorno natural: la solidez monumental de los árboles centenarios convive con la vulnerabilidad de sus formas de vida más pequeñas. El piano, en su amplio registro dinámico y tímbrico, sugiere raíces profundas, movimientos telúricos y flujos de agua, construyendo una cartografía emocional del paisaje.




Diálogo inmersivo

Lo vivido en el Cervantes fue una cuidada puesta en escena multimedia. Arévalo incorporó proyecciones audiovisuales integradas orgánicamente a su proceso creativo, articuladas como parte de una narrativa poética que dialogó de manera constante con la interpretación. En ese cruce de lenguajes, el piano dejó de ser solo un instrumento para convertirse en guía del entorno.

El soporte visual no operó como mero acompañamiento, sino como un componente estructural de la experiencia, diluyendo la distancia entre escenario y audiencia y transmitiendo a los asistentes la atmósfera y la sensibilidad del paisaje evocado.




El cierre íntimo

Tras recorrer los senderos de su obra programada, el músico rompió la solemnidad para acercarse al público. Ante la ovación, consultó si deseaban escuchar una pieza adicional y ofreció como bis El Romance de Gabriela.

Dedicada a su esposa, la obra funcionó como un epílogo íntimo y humano: un recordatorio de que, aunque la naturaleza sea vasta y majestuosa, el impulso último de la creación artística nace del afecto. El concierto fue, en definitiva, un ejercicio de sensibilidad ecológica y emocional que permitió caminar por el bosque sin moverse del asiento.





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