Ecos de la memoria sobre las tablas.
El arte de lo posible
Hacer teatro con elencos profesionales es un desafío técnico; hacerlo con un elenco teatral comunitario como “Memoria 21” implica una osadía ética y estética. Fernández asume la dirección no solo como guía de movimientos, sino como auténtica curadora de memorias. Su dramaturgia logra aquello que el periodismo por sí solo no puede: otorgarle un pulso orgánico a la tragedia, transformar la acumulación de testimonios en una experiencia viva.
La rendición final del hermano, cuando decide sumarse al proyecto de memoria, funciona como clímax simbólico: no es solo una reconciliación familiar, sino la representación de una comunidad que decide, colectivamente, no callar más.
De la investigación al dispositivo comunitario
El montaje es un sólido ejercicio de teatro testimonial. Si bien bebe de una fuente documental compuesta por 60 entrevistas y archivos de prensa, la curaduría de Fernández filtra esa vastedad para concentrarla en la historia de nueve familias. Esa síntesis vuelve la obra accesible y contundente, sin diluir su dimensión política.
Un detalle escénico —la sobriedad de los desplazamientos, la frontalidad de los testimonios, la economía de recursos— refuerza la idea central: aquí no hay artificio que distraiga. La escena está al servicio de la palabra y la palabra está al servicio de la memoria.
La presencia de las máximas autoridades regionales en la platea otorgó a la función un carácter de interpelación directa. El reclamo por un museo del terremoto y la crítica a la falta de señalética histórica no sonaron a ficción. Sonaron a mandato ciudadano.
Cuando los vecinos de “Memoria 21” alzan la voz, no están citando un libro. Están reclamando un lugar en la historia oficial de una ciudad que, aunque experta en reconstruir edificios, aún tiene pendiente reconstruir su memoria simbólica.
Allí radica el verdadero triunfo de la tríada creativa: haber convertido la investigación periodística en un dispositivo artístico capaz de activar comunidad. “Réplicas” no solo representa el pasado; lo resignifica y lo instala en el presente como una deuda que exige respuesta.











