El brillo técnico y el acierto de humanizar al Rey del Pop
Por: Ismael AlmeidaSábado, 23 de mayo de 2026 | — Revivir a un mito sobre el escenario siempre convoca una atmósfera particular, más aún cuando el espacio elegido es el
Teatro Regional Cervantes. Asistir a “THE LEGEND – La Historia del Rey del Pop”, bajo la dirección general de Gustavo Becerra, significa enfrentarse a una propuesta que, desde su primer apagón de luces, deja en claro una intención que va mucho más allá de la imitación comercial.
El montaje apuesta por el espesor de la obra dramático-musical, y es precisamente en la tensión entre el despliegue multitudinario y la intimidad psicológica donde encuentra su verdadero norte. Coincidiendo con la recepción que el espectáculo tuvo en su reciente estreno en Santiago, la producción que llegó a Valdivia sostiene un estándar musical y coreográfico de alto nivel. No hay espacio aquí para el engaño del playback ni para secuencias digitales vacías de presencia escénica.
La música, rigurosamente en vivo bajo la dirección de Jamie Ceja, junto a la precisión casi milimétrica del cuerpo de baile, se llevan con justicia la ovación del público. Existe un pulso orgánico en los arreglos que consigue replicar la intensidad cruda de las grandes giras de Michael Jackson.
Sin embargo, conviene precisar algo fundamental: la espectacularidad rítmica y la arquitectura de esos movimientos universales pertenecen originalmente al genio creativo del propio Jackson. El mérito del elenco actual radica en la dignidad artística y el rigor físico con que asumen ese legado.
Es en la dimensión estrictamente teatral donde el montaje de Becerra deja ver algunas fisuras. Existe un evidente desnivel en las actuaciones dramáticas, particularmente en ciertos papeles secundarios, cuyos registros interpretativos no siempre alcanzan la densidad necesaria para sostener la intensidad emocional que exigen los cuadros musicales.
El guion de Juan Francisco Arcos evidencia ambición en su aproximación psicológica al personaje, aunque parte del elenco de reparto no logra mantener con igual fuerza la gravedad de los conflictos planteados, debilitando por momentos la fluidez narrativa de la obra.
No obstante, ese desajuste encuentra un sólido contrapeso en el diseño escénico. El espectáculo se apoya en un notable trabajo de hipermedia y en una iluminación de pantallas de alta factura que no opera como simple ornamento visual, sino como un recurso narrativo dinámico.
La visualidad inmersiva amplifica el impacto general de la puesta en escena, suaviza las debilidades del texto hablado y eleva considerablemente la experiencia artística del musical, envolviendo al espectador en una atmósfera de evidente resonancia cinematográfica.
Más allá del rigor técnico o de los altibajos interpretativos, el mayor acierto de “THE LEGEND” reside en su núcleo conceptual: la decisión de humanizar a esa leyenda conocida mundialmente como el Rey del Pop.
Al desprender al personaje de la caricatura del guante blanco y del misticismo intocable construido por décadas de prensa y espectáculo, la obra se atreve a mirar al niño explotado, al genio incomprendido y a la profunda soledad que habitaba detrás de los focos.
Al final de la jornada, el Cervantes no solo fue testigo de un despliegue de nostalgia pop, sino también de un necesario ejercicio de memoria sobre las luces y sombras de un hombre atrapado dentro de su propio mito.