“Viejas de Mierda”

Memoria escénica, humor y resistencia cultural
Por: Ismael Almeida.
Función: 31 de enero de 2026 – Teatro Regional Cervantes, Valdivia.
En el escenario patrimonial del Teatro Cervantes, Viejas de Mierda confirma su lugar como una de las obras más significativas del teatro chileno reciente. Bajo la apariencia de una comedia sobre la vejez, la puesta en escena despliega un trabajo actoral y técnico de notable precisión, sostenido por Gloria Münchmeyer, Gabriela Hernández y Gloria Benavides, intérpretes cuya trayectoria constituye en sí misma una parte sustantiva de la memoria cultural del país.
La propuesta visual se construye desde un minimalismo consciente. La escenografía de Nicolás Mena y Elisa Bennett prescinde de la representación literal del espacio doméstico para situar la acción en un entorno estilizado, que desplaza la atención hacia los cuerpos y los rostros. La iluminación articula este gesto con eficacia, modulando la escena entre una frontalidad funcional en los momentos de humor y composiciones más densas en los pasajes de mayor exposición emocional.
La pluma y dirección de Rodrigo Bastidas sostiene un ritmo ágil y continuo en una obra extensa y sin intermedio. El paso entre la risa y la melancolía ocurre sin estridencias, gracias a un trabajo preciso sobre pausas y silencios que evita tanto la sobrecarga emotiva como el chiste fácil. La experiencia escénica adquiere así una cualidad cercana a una “edición en vivo”, donde cada gesto cumple una función narrativa.
Uno de los principales aciertos de la obra es la convivencia de registros. Münchmeyer y Hernández aportan un espesor dramático forjado en décadas de teatro y televisión, mientras Benavides incorpora la tradición del humor popular y la revista. Lejos de tensionarse, estas genealogías dialogan y se potencian, produciendo una escena donde la memoria no aparece como nostalgia, sino como material activo.
El título resignifica un insulto social dirigido históricamente a las mujeres mayores y lo convierte en un gesto de afirmación. Las pruebas domésticas que estructuran la acción —coser, limpiar, atender al marido— operan como dispositivos simbólicos que evidencian una domesticidad impuesta. El humor funciona aquí como estrategia crítica: desarma la violencia cotidiana de esas exigencias sin neutralizar su carga histórica.













