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Periodismo Cultural

“El Taller”



El arte del horror y el error del exceso en Valdivia

Por: Ismael Almeida.
Asistir al teatro en la actualidad suele ser una experiencia mediada por el exceso de artificios. Pantallas, iluminación inteligente y complejos diseños sonoros saturan las tablas modernas, a veces para ocultar la flaqueza de sus textos. Por eso, enfrentarse a “El Taller” —pieza clave de la dramaturgia chilena contemporánea escrita por Nona Fernández— en el Teatro Regional Cervantes de Valdivia, tuvo un gratificante sabor a nostalgia.

Durante su primera hora, la puesta en escena nos devolvió a la pureza del teatro del siglo XX. Fuimos testigos de una iluminación sin pirotecnia, la ausencia de hipermedia y un elenco entregado por completo al poder de la palabra, el cuerpo y la atmósfera.




La expectación en la sala era total, impulsada además por un hito local. Por primera vez en la historia de la Temporada Relámpago, el Centro Cultural Bailarines de Los Ríos y el Centro de Experimentación Escénica abrían sus puertas a una obra de teatro. Antes de que bajaran las luces, el director del montaje, Marcelo Leonart, subió a la escala del escenario para introducir la pieza con una ironía tan fina como sombría.

Leonart recordó que el año en que se ambienta la obra, 1976, fue un pésimo año para el teatro chileno por la censura, el exilio y los teatros incendiados. Sin embargo, matizó con humor que también fue un "buen año" por una sola razón: no existían los teléfonos celulares.





Con ese guiño, Leonart selló un pacto con la audiencia, invitándola a desconectarse del presente para entrar en "un juego, un cuento" basado en la macabra realidad de la escritora y agente de la DINA, Mariana Callejas. Y vaya que el juego funcionó en su primera mitad. El espectador es testigo de una ceguera voluntaria asfixiante.

Mientras los talleristas discuten con pedantería sobre literatura zarista en una casona de Lo Curro, el horror de la dictadura late y respira justo debajo de sus pies. Todo ocurre en un sótano invisible administrado por Michael Townley.

La tensión que se genera en esa primera hora es magnífica. El humor negro se transforma en un bisturí que disecciona la complicidad civil y la cobardía intelectual. Es teatro puro, incómodo y sumamente necesario. Sin embargo, el pacto de silencio y desconexión que propuso Leonart terminó por romperse de la manera menos pensada.





No fue el timbre de un celular el que interrumpió el horror, sino el peso implacable del reloj. Bastaba observar la sala para advertir cómo la concentración colectiva comenzaba a resquebrajarse. A medida que avanzaba la función, los desplazamientos, las salidas y el movimiento de espectadores se hicieron cada vez más frecuentes, erosionando poco a poco la atmósfera que el propio montaje había construido con tanta eficacia.

La duración de la función resultó ser una decisión discutible de ritmo y programación para la experiencia en la sala.

En una obra de alta densidad dramática y atmósfera tan claustrofóbica, el factor tiempo es crucial. Fue lamentable ver cómo el clímax de la obra se veía acompañado por el movimiento de espectadores que se levantaban de sus butacas.








A lo largo de la segunda mitad de la función fue posible observar una salida paulatina de espectadores. Ver personas marcharse en medio de una propuesta de tal envergadura inevitablemente resiente la experiencia de quienes intentábamos mantenernos sumergidos en la ficción.

“El Taller” tiene, sin duda, todos los elementos para ser un clásico imperecedero de nuestra dramaturgia. Su texto es brillante y su propuesta estética, en su desnudez técnica, es un recordatorio de la potencia del teatro clásico.

Es una lástima que, en esta ocasión, la extensión de la función terminara afectando parcialmente la experiencia de recepción de un montaje que merece ser vivido con la respiración contenida de principio a fin, y no con la mirada puesta en el reloj.

Ficha artística
Director Marcelo Leonart.
Dramaturgia Nona Fernández.
Elenco: Carmina Riego, Francisca Márquez, Nancy Gómez, Francisco Medina, Juan Pablo Fuentes y Nona Fernández.
Diseño Nicolás Jofré.
Productor Francisco Medina.

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